Simone Biles cerró su brillante actuación con una nueva dorada

17 de agosto de 2016
Simone Biles cerró su brillante actuación con una nueva dorada

Llegó a Río como la mejor gimnasta del mundo y se va como una estrella del deporte global. Simone Biles se despidió de sus primeros Juegos volando sobre el tapiz hacia su cuarto oro, con el que igualó el récord de las diosas de una gimnasia que cambió de era cuando apareció ella.

Con 19 años, un talento arrollador y más títulos mundiales que nadie (10), esta diminuta texana agrandó su leyenda en Brasil con los oros en el concurso general, por equipos, en salto y suelo, sólo deslucidos el lunes por el bronce en la viga.

Aquellas milésimas en las que el equilibrio se la jugó por primera vez, le bajaron a falta de dos paradas del tren que le llevaba hacia el récord de convertirse en la primera gimnasta de la historia con cinco oros en unos mismos Juegos.

“Es loquísimo. Pienso en lo que he hecho y ha sido una experiencia increíble. Marcharte de tus primeros Juegos con cinco medallas, y cuatro de oro, así no puedes estar decepcionada”, aseguró.

Pero Biles volvió este martes para poner las cosas en su sitio y a competir en el suelo contra ella misma, su única rival desde que irrumpió hace tres años en el circuito profesional para revolucionarlo todo.

Desde que llegó ella, a las mortales sólo les queda luchar por los dos escalones que sobran en el podio, donde la plata sabe oro porque la gimnasia de Biles no es de este mundo.

El segundo puesto este martes fue de nuevo para la también estadounidense Alexandra Raisman, defensora del título de suelo y segunda del concurso individual, mientras que el bronce se lo llevó la británica Amy Tinkler.

La Arena Olímpica abrió la competición femenina hace nueve días esperando sólo por ella y la cerró este martes celebrando en pie a su reina a ritmo de samba.

Imparable cuando pisa el tapiz, su hábitat natural y su ejercicio favorito por el cóctel explosivo que consigue agitando la música con unas acrobacias espectaculares y un punto seductor, en las cuatro veces que presentó su rutina en Rio no sólo fue mejor que las demás, sino también que ella misma.

Una progresión que culminó el excelente 15.966 con el que salió del gimnasio donde se presentó al mundo y se lo metió en el bolsillo.

“Estaba muerta de los nervios, pero sabía que no había tiempo para eso”, confesó después al contar cómo sus piernas estaban entumecidas tras su maratón dorada.

Como si nada hubiera pasado la víspera, Biles llamó a lo grande a la puerta de las leyendas olímpicas de la gimnasia, cerrada desde hace 32 años. Con sus cuatro oros por delante y una felicidad descarada que rompe moldes en este deporte donde sólo la disciplina espartana elige a sus campeones.

Allí le esperaban leyendas de otras épocas como la soviética Larissa Latynina y la húngara Agnes Keleti (1956), la checa Vera Caslavska (1968) y la rumana Ecaterina Szabo (1984), todas tetracampeonas en unos mismos Juegos.

ES HUMANA

En Río se descubrió, sin embargo, que ella también puede fallar, aunque como ocurre con los genios no lo tiene entre sus costumbres.

Pero ni la traición de la viga, aparato del que es campeona mundial, es capaz de eclipsar su paso brillante por los primeros Juegos que la reciben.

Tras quedarse a las puertas de Londres-2012 por ser demasiado joven, en Rio ha abrillantado su estrella. Todo el mundo quería ver a esa diminuta estadounidense que con su rocoso 1,45 consigue acrobacias de otra galaxia y que, pase lo que pase, siempre aterriza clavada sobre el tapiz y pegada a una enorme sonrisa.

“Tengo un sentimiento de alivio. Pero también estoy triste por lo rápido que ha sido todo. Es emocionante que haya acabado, pero es triste también”, contó en su último paso por la zona mixta.

Aunque los focos se quedaron con Biles, en la jornada también hubieron otros momentos álgidos como la exhibición del ucraniano Oleg Verniaiev en las barras paralelas, la confirmación del fracaso chino (el gigante asiático se va por primera vez de unos Juegos sin oros en gimnasia desde Los Ángeles-1984) y la exhibición del alemán Hambuechen, oro en la barra fija.

La tradición manda que la competición se cierre colgada de este aparato donde los gimnastas desafían a la gravedad con la potencia de sus brazos, logrando volteretas y vuelos imposibles, pero esta vez fue diferente.

La reina Biles ya se había ido y el gimnasio se había quedado huérfano.