Napoleón Bonaparte, La batalla de Borodino

7 septiembre, 2019
Napoleón Bonaparte, La batalla de Borodino

Un día como hoy 7 de septiembre pero de 1812 fue la batalla de Borodino, considerada la más sangrienta de la historia militar, hasta la primera batalla del Marne un siglo después, donde los ingleses combatieron aliados con los franceses.

Tras la decisión del Emperador Bonaparte de invadir Rusia, la población de ese país era de unos 46 millones de habitantes, Napoleón se había enfrentado dos veces a los rusos y les había vencido en ambas ocasiones,  y los 600.000 soldados de su ejército para tal finalidad doblaban  en número a los de Rusia. El 20 de junio calculó que necesitaría raciones para una marcha de la Guardia Imperial de 12 días, lo que implicaba que esperaba que la campaña fuese breve, lejos de la realidad que le llevaría a recorrer los 1200 kilómetros que separan entre el río Niemen y Moscú.

Desde que su héroe Julio César lo hizo en el Rubicón en el año 49 a.C., el cruce de un río no había estado tan cargado de presagios como cuando el enorme ejercito de Napoleón atravesó el Niemen hacia Rusia antes del amanecer del miércoles 24 de junio. El general Lauriston, embajador de Francia en Rusia, había abandonado el cuartel general de Alejandro sin obtener respuesta a la oferta de paz de última hora de Napoleón.

Es difícil saber el tamaño exacto del ejército de Napoleón, contaba con más de un millón de soldados , descontando los acuartelados, los de reserva, los 88 Batallones de la Guardia Nacional, los soldados que custodiaban los 156 arsenales de Francia, las diversas baterías costeras y los 24 batallones estacionados por todo el imperio, le quedaban 450.000 soldados para la primera línea de invasión contra Rusia, y otros 165.000 movilizados en la segunda. Un cálculo razonable podrían ser unos 615.000 en total, más numeroso que la población total de París en la época. Evidentemente, era la fuerza invasora más extensa en toda la historia de la humanidad hasta ese momento.

Dos meses y trece días después de atravesar el Niemen camino de Moscú, el 7 de septiembre a las 6 de la mañana una batería de 100 cañones franceses abrió fuego contra el centro ruso en Borodino. El Mariscal Davout lanzó su ataque a las 6 y 30 formado por 22.000 soldados de infantería con 70 cañones de apoyo cercano, las 3 divisiones del Mariscal Ney venían a continuación con 10.000 soldados y otros 7.500 de Westfalia en la reserva. El brutal combate duró toda la mañana, y Davout vio morir a su montura mientras cabalgaba, y él mismo fue herido. Los soldados rusos exhibieron su tradicional renuencia a ceder terreno en batalla, para finalizar tuvieron que intervenir 40.000 infantes franceses y 11.000 soldados de caballería, en un combate de desgaste que los rusos dominaban y que Napoleón, lejos de casa, debía evitar. A las 7 y 30 de la noche, Eugéne, hijo de Josefina, consiguió capturar Borodino a punta de bayoneta, pero se precipitó y cruzó el río Kalatscha cargando contra Gorki. La retirada a Borodino diezmó a sus hombres, pero conservó la plaza durante el resto del combate. A las 10, Poniatowski tomó Utitsa y una brigada de infantería entró en el gran reducto comandada por el general Morand, pero al carecer de apoyo les expulsaron, con cuantiosas bajas. A esa misma hora, con las fléches de Bagration finalmente en manos francesas, el comandante ruso fue herido de muerte en un contrataque, al alcanzarle esquirlas de metralla en las piernas.

Bajo el manto de la noche, el comandante general del ejército ruso, Kutuzov, se retiró tras sufrir un elevadísimo número de bajas, al parecer, una 43 mil, pero la resistencia rusa fue tan demostrada que solo fueron capturados 1000 hombres y 20 cañones.

A pesar de haber ganado el campo de batalla, abierto la vía hasta Moscú y perdido muchos menos hombres que los rusos, 6.600 muertos, no había logrado obtener la victoria decisiva que tanto necesitaba, en parte por su negativa a la petición de sus Mariscales de permitir a su Guardia Imperial de entrar en combate. En ese sentido, tanto Napoleón como Kutuzov perdieron en Borodinó.

La tarde después de la contienda, Napoleón visitó el campo de batalla, las líneas completas de regimientos rusos caídos en el terreno mostraron que prefirieron morir antes de retroceder un paso, observó l Bausset. Napoleón recopiló toda la información de aquellos lugares penosos para determinar la naturaleza y disposición de los Cuerpos puestos en combate por el enemigo, pero por lo que más se preocupó fue por el cuidado de los heridos. Cuando su caballo tropezó con un ruso agonizante, Napoleón reaccionó prodigando cuidados humanitarios a esa desafortunada criatura, y cuando uno de sus subordinados insinuó que solo era un ruso, Napoleón le dijo, ¨Después de una victoria no hay enemigos, solo hombres¨.

Napoleón entro en Moscú la mañana del 15 de septiembre, se instaló en el Kremlin, exclamó, la ciudad es tan grande como París; su ejército había entrado el día anterior, casi toda la población al descubrir que la ciudad había sido abandonada, evacuó las viviendas en un éxodo masivo, escondiendo o destruyendo todo lo que podía ser de utilidad al invasor y que no podían llevar consigo. De sus 250.000 habitantes solo permanecieron 15.000, la mayoría no rusos, aunque también aparecieron saqueadores de las zonas colindantes. El presidente de la Universidad de Moscú y una delegación de moscovitas franceses visitaron a Napoleón en su cuartel general  para informarle que la ciudad estaba desierta y no habría delegación de notables para ofrecerle los tradicionales presentes de pan y sal, y entregarle las llaves; en su lugar, un emprendedor campesino anciano se ofreció sutilmente para guiar al Emperador por la ciudad y mostrarle los lugares más emblemáticos, pero se le rechazó con educación.

Napoleón dormía en un camastro de hierro bajo los candelabros del Kremlin cuando le despertaron a las 4 de la mañana del día 16 para informarle del fuego, ¨Que enorme espectáculo¨´, exclamó contemplando las llamas desde la ventana cuyo marco ya estaba caliente.  Que hombres, que extraordinaria resolución, son verdaderos escitas, buscando en la historia antigua una analogía, en este caso, la de la famosa y despiadada tribu persa mencionada por Herodoto, que abandonó su patria Iraní para luchar en las estepas de Europa Central.

Tras dedicar casi todo el día a organizar brigadas de bomberos entre sus soldados, derribando casas que habían sido pasto de las llamas, aceptó la exhortación de Murat, Berthier y Eugéne para que abandonase la ciudad al alcanzar el fuego el polvorín del Kremlin, como recordó Ségur, ya solo respirábamos, humo y cenizas. El trayecto de 2 horas hasta el Palacio Imperial de Petrovski, fue peligroso y algunos tramos tuvieron que recorrerse a pie, por el miedo de los caballos a las llamas. Debido al fuego y los escombros las puertas principales de la ciudad estaban bloqueadas, por lo que Napoleón tuvo que escapar por un portón secreto excavado en la roca sobre el río Moscova, que atraviesa la ciudad y pasa por el Kremlin.

Vale recordar las frases del Zar Alejandro sobre el particular. El francés es valiente, pero las prolongadas privaciones y el mal clima les desgastarán y les desanimarán. Nuestro clima y nuestro invierno lucharan de nuestro lado.

La historia del Emperador Napoleón indudablemente es apasionante, conocido por llegar a conquistar y controlar la mayor parte de Europa mediante una  avanzada y agresiva estrategia militar tras casi dos décadas de éxitos políticos, civiles y militares, entre los que destaca el código Civil, al tiempo de convertirse hasta hoy día en el personaje más editorializado de la historia, después de la Biblia.

Próximamente, El regreso de Moscú.

Cita de Napoleón: Todo pasa de prisa en la tierra, excepto, la huella que dejamos en la historia.

Por: Álvaro Martínez

Presidente

Organización de Periodistas Iberoamericanos (OPI)