La única obra firmada de Miguel Ángel

28 marzo, 2020
La única obra firmada de Miguel Ángel

Francisco Javier Tostado. La Piedad (La Pietà, en italiano) es una de la grandes obras maestras del genial Miguel Ángel Buonarroti, y la única que lleva la firma del autor. Encargo del cardenal de san Dionisio Jean Bilhères de Lagraulas, puso como condición que la finalizara en un año para poder percibir 450 ducados de oro. Miguel Ángel -que contaba entonces con 24 años- cumplió su parte terminándola dos días antes de que finalizara el plazo acordado, pero ni las prisas hizo que creara una de las mayores obras de arte hecha por la mano del hombre.

Miguel Ángel fue personalmente a las canteras de la Toscana, en los Alpes Apuanos, en busca del mármol más adecuado (un único bloque), y se puso a trabajar en agosto de 1498. Los primeros meses se sentaba delante del bloque poniendo nerviosos a sus aprendices del taller y al propio cardenal, pero siempre les contestaba: “estoy trabajando”.

Cuando la terminó todos quedaron maravillados al verla en su primer emplazamiento, la tumba del prelado en la Capilla de Santa Petronila del Vaticano.

Esa sincronía, esa proporción, esa armonía, esos músculos tan finamente esculpidos, esa mirada de una joven Virgen María. ¿Cómo alguien con tan poca experiencia la podía haber esculpido? Se empezó a poner en duda su autoría y el detonante fueron las palabras que se intercambiaron dos individuos que casualmente Miguel Ángel escuchó: “Sin duda esta magnífica obra no tiene más autor que el milanés Gobbo”. En un arrebato de furia, cogió un cincel y grabó en la banda de la virgen: “Miguel Ángel Buonarroti, florentino, lo hizo”. Era la primera vez en la historia que el dueño no era el que encargaba y pagaba la obra, sino quien la firmaba.

En 1749 fue trasladada a su actual ubicación en la Basílica de San Pedro (primera capilla a la derecha) convirtiéndose en una de las obligadas visitas de Roma.

Un 21 de mayo de 1972, un perturbado agarró un martillo y la golpeó hasta en quince ocasiones mientras gritaba ¡Yo soy Jesucristo resucitado de entre los muertos!. A pesar de ser rápidamente reducido, la obra sufrió daños importantes especialmente en la figura de la Virgen que, sin embargo, pudo ser reparada de manera fiel a la original. Desde entonces está protegida por un muro de vidrio a prueba de balas que asegura su conservación pero no permite contemplarla como correspondería.

Las palabras del reputado Giorgio Vasari ilustran la grandeza de la misma:

Es una obra a la que ningún artífice excelente podrá añadir nada en dibujo a la gracia, fortaleza, finura, tersura y cincelado del mármol.