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Un paisaje intacto pero con estrés: la escalada con Gaza vivida del lado israelí

 14 mayo, 2023

Yemeli Ortega

Sderot (Israel) 14 may (EFE).- En plena escalada bélica entre Israel y las milicias palestinas de Gaza, Sderot no pierde el encanto. Las impolutas y floreadas calles de esta localidad israelí, ubicada frente a la Franja, no corresponden a un campo de batalla. Solo las sirenas y el ocasional estruendo de cohetes interceptados en el aire, recuerdan que el conflicto está vivo.

«Welcome», dice un anuncio multicolor a la entrada del pueblo, cuyas calles lucen desiertas desde que comenzó esta nueva escalada, el martes pasado. Cada tantos metros, se erige un pequeño búnker donde los habitantes se resguardan cuando suenan las sirenas, casi todos decorados con motivos alegres: una puesta de sol en la playa, un colibrí, la cara de un perro sonriente.

Alrededor de una mesa, los paramédicos del servicio de emergencias Magen David Adom que están de guardia -solo algunos con chalecos antibalas- cantan y aplauden para celebrar el sabbat.

«Cuando estamos todos juntos en este ambiente, no importa si caen cohetes. Comemos juntos, cantamos… nos sentimos seguros», comenta a EFE la paramédica Avital Kvasha, de 26 años.

Inmune al vibrante estrépito que produce el sistema antimisiles Cúpula de Hierro, la joven recluta Nicole Avrhamov asegura no sentir miedo mientras acomoda productos de belleza en la tienda de Sderot donde trabaja los fines de semana. «Ya me acostumbré. Es horrible, pero es la normalidad», afirma.

Neitan Raiskay, un judío de origen etíope, concuerda con ella. Mientras disfruta con amigos de unas cervezas y música reggae en su patio, asegura sonriente que «no pasa nada».

«Vivimos cerca (de los gazatíes), somos vecinos, así que a veces ellos nos molestan y otras veces nosotros los molestamos», dice este electricista de 49 años, sin esperanzas de que la zona viva en paz algún día.

Algunos israelíes incluso suben a las colinas, encienden una fogata para hacer café, y buscan en el cielo el espectáculo fugaz de los cohetes siendo interceptados.

«Es mejor que estar aburridos en casa», dice una mujer que pidió el anonimato.

Estas escenas chocan con el paisaje apocalíptico que promueve el primer ministro, Benjamín Netanyahu. En un video difundido en Twitter, sonorizado con música de película de acción, las tomas filmadas en movimiento muestran un coche quemado, niños saltando en una calle, y detonaciones nocturnas del poderoso Cúpula de Hierro.

GUERRA DESIGUAL

La Yihad Islámica Palestina ha disparado 1.099 proyectiles, 865 de ellos llegaron hasta Israel. La inmensa mayoría cayeron en zonas despobladas o fueron interceptados por los sistemas antimisiles.

Estos ataques han dejado dos víctimas mortales, una mujer de 80 años que quedó bajo los escombros cuando un cohete se impactó el jueves contra su edificio en Rehovot, y un palestino de 35 años que este sábado recibió impactos de metralla mientras pastoreaba cerca de la Franja.

En total, se cuentan 24 heridos del lado israelí. Solo una minoría de estos casos fueron ocasionados por metralla, escombros o vidrios rotos.

Este panorama contrasta con el desastre que la escalada ha dejado en la empobrecida Franja de Gaza, cuyos 2,5 millones de habitantes viven de por sí en crisis bajo el bloqueo que Israel mantiene sobre el enclave por aire, tierra y mar.

Hasta ahora 33 palestinos han muerto, entre ellos seis niños, y otros 147 resultaron heridos, según cifras oficiales.

Entre los bombardeos israelíes y los lanzamientos fallidos de las milicias, la zona está plagada de escombros. Los proyectiles crearon enormes cráteres rodeados de destrucción en zonas civiles.

Según autoridades locales, 17 edificios que sumaban 51 viviendas fueron completamente destruidos. Otras 940 casas fueron dañadas, de las cuales 49 quedaron inhabitables.

HERIDAS QUE NO SE VEN

En cambio, la vida en Israel continúa casi sin sobresaltos. Incluso el jueves, unas 40.000 personas asistieron a un concierto de rock al aire libre en Tel Aviv.

Sin embargo, no todas las cicatrices del conflicto son visibles, y los israelíes que viven cerca de Gaza sufren ataques de pánico y estrés postraumático.

Los servicios de emergencia han atendido 43 cuadros de ansiedad desde que empezó la escalada, pero en muchos casos, las personas no piden ayuda.

«La gente no solo se lastima físicamente, también mentalmente. Basta que suene la sirena para que les sea difícil sobrellevar toda la jornada», asegura la paramédica Kvasha.

Su compañero de turno, Ben Tetro, padece él mismo los síntomas. «Si alguien acelera la motocicleta, pienso que es una sirena, cuando la máquina de coca-cola suena, pienso que es una sirena, cada vez que cierran una puerta, es un búm, y pienso, ¿qué pasa?», describe.

Sentada en la sala de su casa, Mazale Okanin, de 64 años, tiembla y se le corta la voz mientras escucha las sirenas activarse en un poblado contiguo a Sderot.

«Mi corazón no está bien por las sirenas, tengo miedo, mucho miedo», explica esta peluquera, mientras sus nietos duermen en el cuarto blindado de su casa.

«Hoy, cuando regresé de la compra, hubo muchos estruendos y empecé a llorar», contó, clamando por el fin de la escalada: «!Ya no más!».

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