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El Real rescata la fascinante ópera enterrada por la URSS «El ángel de fuego»

 23 marzo, 2022

Madrid, 23 mar (EFE).- Los espectadores de «El ángel de fuego» en el Teatro Real han disfrutado hoy de un privilegio hurtado -primero por los nazis y después por la URSS- a Sergéi Prokófiev, autor de esta fascinante, desconocida y difícil ópera que Calixto Bieito sitúa en el cerebro de la protagonista, traumatizado por los abusos.

El público del Teatro Real, entre el que se encontraban invitados como el escritor Mario Vargas Llosa, el arquitecto Rafael Moneo, o los políticos Andrea Levy y Alberto Ruíz Gallardón, ha aplaudido con entusiasmo la representación de poco más de dos horas que finalizó el compositor en 1927.

El azar ha querido que las diez funciones programadas hasta el 5 de abril coincidan con la guerra entre Ucrania, territorio en el que nació Prokófiev (Donetsk 1891- Moscú 1953), y Rusia, que le adoptó como artista del régimen. Como homenaje al país invadido, el himno ucraniano precede el primer acto, hoy con el público en pie.

A continuación, la Orquesta Titular del Teatro Real se ha aplicado durante algo más de dos horas, sin descansos, en una música violenta, expresionista, compleja y «fascinante», según Gustavo Gimeno, habitualmente al frente de la Orchestre Philharmonique de Luxemburgo y de la Toronto Symphony Orchestra.

El esfuerzo y el virtuosismo que exige la partitura de Prokófiev, basada en el libro del simbolista ruso Valeri Briúsov de 1909 sobre una mujer con visiones demoníacas, ha presidido el trabajo de Gimeno, por primera vez al frente de una ópera en el Real.

Destacable ha sido también la interpretación musical -y actoral- de la pareja protagonista: la soprano lituana Ausrine Stundyte, que ya había encarnado a Renata en Viena, Aix-en-Provence y Varsovia, y el barítono inglés Leigh Melrose, consagrado intérprete de música contemporánea, como Ruprecht.

El segundo elenco lo encabezan la soprano rusa Elena Popovskaya y el barítono griego Dimitris Tiliakos.

ÓPERA RELEGADA

El «tour de force» de la protagonista, que apenas abandona el escenario, supera en complejidad y longitud papeles como Turandot, Salomé o Isolde, un reto gigantesco que constituye una de las razones que explican el ostracismo sufrido durante décadas por esta obra.