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La temporada 100 del Teatro Real de Madrid arranca con una Cenicienta locamente mágica

 24 septiembre, 2021

Madrid, 24 sep (EFE).- Aún sin hada madrina de por medio, «La Cenerentola», la traslación operística de Gioachino Rossini (1792-1868) sobre el cuento clásico de «La Cenicienta», ha conseguido que el Teatro Real haya mantenido vivo en su estreno de esta noche el encantamiento con el público con el que cerró su temporada anterior.
Con la asistencia de la reina Sofía y la ausencia de Don Felipe y Doña Letizia, que se han desplazado hasta la isla de La Palma, la función se ha realizado en un camino más decidido hacia la normalidad postpandémica, pero aún manteniendo para esta producción el aforo reducido del 66 %, pese a que la Comunidad de Madrid eliminó hace días las restricciones para cines y teatros.
Así ha levantado el telón la temporada número 100 del coliseo operístico madrileño, no con un título capital de los que justifican «a priori» el abono de toda una temporada, pero sí con una pieza que ha sabido seducir con su loca comicidad a los asistentes, aparentemente tibios e inasequibles al inicio.
Entre el respetable, múltiples personalidades de todos los ámbitos, como el ministro de Cultura, Miquel Iceta; la ministra de Industria, Comercio y Turismo, Reyes Maroto; la titular de la cartera de Justicia, Pilar Llop; el presidente del Senado, Ander Gil; el presidente del PP, Pablo Casado, o el alcalde de Madrid, José Luis Martínez Almeida.
Coproducción de la Den Norske Opera de Oslo y la Opéra National de Lyon sobre el libreto de Jacopo Ferretti y la partitura de Rossini, «La Cenerentola o la bondad triunfante» ha permitido además disfrutar en Madrid de la dirección orquestal del italiano Riccardo Frizza, ausente de este escenario desde hace 14 años.
Del doble reparto que se hará cargo de las 15 funciones previstas hasta el 9 de octubre, el estreno de hoy ha contado con la mezzosoprano francesa Karine Deshayes en el papel principal, además de con Dmitry Korchak (Don Ramiro), Florian Sempey (Dandini), Renato Girolami (Don Magnífico), Rocío Pérez (Clorinda), Carol García (Tisbe) y Roberto Tagliavini (Alidoro).
De todos ellos, los principales aplausos se lo han llevado Frizza, un experto rossiniano, así como Sempey y Tavigliani.
Los ojos han estado puestos especialmente en Deshayes, pero no tanto por su desempeño como belcantista ante uno de sus papeles «fetiche» (es la décima vez que lo interpreta), sino porque este «dramma giocoso» de Rossini encumbró en el pasado a la española Teresa Berganza, a quien estarán dedicadas todas estas funciones.
Las comparaciones eran inevitables y, en ese trance, la francesa ha salido airosa, incluso, como en el desenlace del cuento, coronada, especialmente en el rondó final en el que, cual Escalata O’Hara, afirma que ya no habrá más miseria en su vida: «Nacqui all’ affanno…non piú mesta».
También cabe valorar la dirección escénica del ausente Stefan Herheim, con un colosal trabajo de volúmenes y movimiento de decorados y personajes sin descanso que convierte todo el montaje en un baile perfectamente sincronizado y puesto al servicio del propósito humorístico.
Aporta asimismo una visión moderna y arriesgadamente «kitsch» del cuento que ha sabido exprimir con agilidad los resortes de la «commedia dell’arte» y de la «opera buffa» y que, mediante el juego del teatro dentro del teatro, ha convertido a la Cenicienta en una limpiadora del Real y su carruaje en el carrito de las mopas.
Concuerda la decisión con la del compositor que, ante las limitaciones técnicas de la época, determinó ya en su estreno en 1817 que no hubiese elementos mágicos en esta adaptación a la ópera del relato de Perrault, de forma que el hada madrina se quedó en un mero benefactor y el zapato de cristal se sustituyó por un brazalete.
Eso sí, el gusto por el enredo y por apurar los límites de la ópera convencional llegan al punto en el que hasta Frizza se ha colado de incógnito en escena como uno más de los personajes, una broma que una vez descubierta ha provocado los aplausos de los asistentes.
Mediante todo ese espejismo de cercanía, se amplía aún más la empatía con esta «Cenerentola», una más de esas personas con las que nos cruzamos todos los días y que creemos conocer, hasta que muestran la aptitud que puede llevarles a una categoría extraordinaria, tornando así la obra en una reflexión sobre el potencial que hay en todos nosotros. Porque soñar es libre. EFE
Javier Herrero.