Festival de Cine de Cartago lleva la alfombra roja a las prisiones tunecinas

4 de noviembre de 2019
Festival de Cine de Cartago lleva la alfombra roja a las prisiones tunecinas

Natalia Román Morte

Túnez, 4 nov (EFE).- En una sala de cine improvisada en el patio de la prisión civil de Mornaguia, la mayor de Túnez, situada en el extrarradio de la capital, cerca de 700 de detenidos fijan la mirada impacientes en la alfombra roja a la espera de la llegada del elenco de actores. Mientras, los 4.500 reclusos restantes siguen el evento en directo desde sus celdas.

Por quinto año consecutivo, las Jornadas Cinematográficas de Cartago, el festival más antiguo del continente, lleva el séptimo arte a siete centros penitenciarios con una cartelera ambiciosa en presencia de sus equipos de rodaje.

La película tunecina “Los espantapájaros”, premio especial de Derechos Humanos en la última edición de la Mostra de Venecia, inaugura la muestra.

A sus 74 años de edad, su director, el veterano Nouri Bouzid, no sólo trata de romper con los tabúes, sino de demolerlos por completo en una cinta que habla sin tapujos de la radicalización religiosa, la cultura de la violación y la homosexualidad.

Por ello, no duda en ponerse frente a un público como éste e interrogarle sobre sus reacciones. “No entiendo por qué habéis aplaudido en el momento en el que la protagonista es violada”, se pregunta perplejo.

“¿Por qué presentas dos extremos: o Daesh (acrónimo en árabe del grupo terrorista Estado Islámico) u homosexuales? Nosotros somos personas normales, ni somos lo uno ni lo otro”, le rebate a su turno un detenido entre las ovaciones de sus compañeros.

Para Bouzid, la cárcel puede ser el lugar donde uno “renace” y, para ello, la cultura es imprescindible. Es así como lo vivió en la década de los 70, cuando fue encarcelado durante un lustro por su militancia en un grupo de extrema izquierda prohibido por el régimen de Habib Bourguiba.

“No comparto sus opiniones, pero es necesario debatir y esto lleva horas. Me esperaba una reacción peor, que me gritasen y que me echasen”, bromea el realizador al término del debate.

A diez kilómetros de allí, en la prisión de mujeres de Manuba, 300 reclusas, algunas con sus bebés en brazos, esperan para el pase de las diez de la mañana.

En cartel: la comedia “Fataria”, del realizador Walid Tayaa, que habla sobre la picaresca de un grupo de tunecinos que trata de sobrevivir durante la dictadura de Ben Ali en un país en el que nada es lo que parece.

Entre risas y llantos, las reclusas toman el micrófono con timidez para expresarse ante un auditorio que no acostumbra a escucharles.

“Este tipo de iniciativas nos hace sentir como ciudadanas que compartimos un país, ya sea dentro o fuera de la prisión”, declara Sana, una de las espectadoras, abrumada ante las cámaras de televisión.

Para Gabriele Reiter, directora de la Organización Mundial Contra la Tortura (OMCT) en Túnez, uno de los organizadores del evento, “esta es una oportunidad única en la que un festival internacional entra en un mundo tan hermético como el carcelario”.

“Son una población totalmente ignorada por la sociedad y no se debe olvidar que la mitad de ella se encuentra en prisión provisional a falta de un juicio ya que la administración de justicia no funciona tan bien como debería”, explica la responsable.

Túnez cuenta con cerca de 23.000 reclusos distribuidos en 28 centros penitenciarios, de los cuales el 50% están relacionados con delitos de tráfico y consumo de drogas.

Por ello, uno de los principales problemas es la superpoblación carcelaria y el hacinamiento que en algunas regiones como Kairuán, en el centro del país, alcanzan el 113%.

Según los estándares internacionales, una persona debe disponer de un espacio mínimo de cuatro metros cuadrados y debe de haber al menos un psicólogo por cada 40 detenidos. Sin embargo, en el país magrebí, el espacio se reduce a la mitad y sólo existe un especialista por cada 750 presidiarios.

En este sentido, la Dirección General de Prisiones y de la Reeducación (DGPR) ha lanzado un plan de mejora a cinco años cuyo objetivo es “humanizar” el sistema carcelario.

“A pesar de haberles retirado su libertad deben respetarse todos sus derechos, incluido su derecho a la cultura, que es el más importante en su proceso de reintegración en la sociedad. Estamos tratando de reducir las diferencias entre el exterior y el interior de la cárcel”, defiende el portavoz de la institución, Sofien Mezghich.

En un país en plena transición democrática desde la llamada “Revolución de los Jazmines” que puso fin en 2011 a dos décadas de dictadura, los cambios políticos y sociales tratan de atravesar los muros de las cárceles.

Junto a la puerta de salida de la prisión, en un intento por romper con el determinismo, un grafiti reza: “Lo importante no es lo que te haya pasado sino lo que haces con lo que te ha pasado”. EFE