Entrevista al Chef Juan Manuel Barrientos en Miami
 31 agosto, 2025
La historia de este chef colombiano no es solo la narración de una carrera culinaria exitosa, sino el testimonio de una vida consagrada al arte, al servicio y a la transformación social.
Por: Álvaro Julio Martínez
Desde los aromas de su infancia hasta los más altos reconocimientos internacionales, su camino refleja una combinación singular de talento, resiliencia y sensibilidad humana. Cada plato que crea lleva consigo el pulso de Colombia, la memoria de sus raíces y la convicción de que la cocina puede ser vehículo de reconciliación, identidad y esperanza.
¿Cuál es el primer recuerdo que usted tiene de su ingreso al mundo de la gastronomía?
Mi primer vínculo con el universo gastronómico nace de dos evocaciones sensoriales profundamente arraigadas en la infancia. El plátano maduro, con su dulzura cálida, y el penetrante aroma de la fruta del café fermentada, ambos fueron parte del paisaje entre Medellín y la finca cafetera de mis abuelos. En ese entorno, la pulpa del café se depositaba en piscinas donde fermentaba lentamente, desprendiendo un perfume frutal y ácido que aún hoy me transporta. Fue allí, entre sabores y olores, donde germinó mi conexión instintiva con la cocina.
¿Qué lo impulsó a convertir su pasión en un restaurante de alta gama?
Creo profundamente en el poder de las pequeñas victorias. Es en esos instantes —cuando descubrimos una habilidad, recibimos una palabra de aliento, o simplemente sentimos que algo fluye con naturalidad— donde se empieza a tejer el camino. Al ingresar formalmente al estudio de la cocina, identifiqué aptitudes que me llevaron a perfeccionarme. Lo que inicialmente fue entusiasmo se convirtió en propósito, y ese propósito me impulsó a elevar mi cocina a nuevas formas, nuevos lenguajes, sin perder su esencia. Descubrí que no basta con amar una disciplina: hay que saber reconocer cuándo la pasión se acompaña del talento. Me apasiona, por ejemplo, remar en kayak, pero reconozco que esa pasión no se traduce necesariamente en pericia profesional. La cocina, sin embargo, fue mi “Eureka”, donde convergen vocación y capacidad.
¿Hubo algún mentor, viaje o experiencia que transformó de manera definitiva, que lo volcó hacia el mundo de la gastronomía?
Tras formarme en la Colegiatura de Medellín y en la Escuela Mariano Moreno de Buenos Aires, inicié oficialmente mi carrera en 2005, guiado por referentes como Iwao Komiyama en Argentina, Juan María Arsac en San Sebastián y el multifacético Julián Estrada en Colombia —antropólogo, cocinero, periodista y escritor— quienes marcaron mi sensibilidad gastronómica y cultural. A ellos se suman mis padres, Juan Manuel Barrientos y Gloria Valencia, cuyo apoyo ha sido fundamental. Hoy, tanto ellos como mis hermanas forman parte activa de El Cielo, consolidando un proyecto familiar con vocación global.
¿Cómo describiría la identidad culinaria de su cadena?
El Cielo es una propuesta de cocina contemporánea con alma colombiana. Se nutre de ingredientes locales —pescados, mariscos, frutas tropicales— con una impronta sensorial que evoca el territorio. En nuestras sedes internacionales, como la de Washington, cultivamos una alianza entre productos regionales del entorno y elementos colombianos, creando una experiencia gastronómica donde cada plato narra una historia cruzada entre culturas.
¿Hay un Cielo en Nueva York? Lo vamos a abrir en un mes.
¿A qué atribuye el éxito?
Al sacrificio, a la constancia, y a la capacidad de reinventarme tras cada caída. Fracasar en el camino hacia el éxito no solo es previsible, sino necesario. Las caídas no deben vivirse como derrotas, sino como parte del proceso formativo. En realidad, el éxito no se alcanza por rutas asfaltadas; es más bien un sendero que uno va abriendo con cada tropiezo. Lo decía Churchill con acierto: “El secreto de la victoria está en no perder el entusiasmo entre caída y caída.”
¿Qué valores transmite a través de sus platillos?
Cada platillo es una narrativa. A veces es el menú entero el que relata una historia; otras, son los detalles que evocan recuerdos, territorios recorridos o inspiraciones nacidas de viajes por Colombia y otras regiones del mundo. La cocina que practicamos es una forma de contar lo vivido, de transformar la experiencia en sabor, textura y significado.
¿Cómo equilibra la innovación con el respeto a las tradiciones gastronómicas?
La clave está en la honestidad conceptual. Cuando se afirma abiertamente que se practica una cocina moderna y no tradicional, se traza una línea clara que respeta el patrimonio culinario sin apropiarse indebidamente de él. Nuestra cocina explora libremente nuevas técnicas, ingredientes, y maneras de interpretar lo aprendido, sin dejar de reconocer y honrar sus raíces. Así se construye una identidad propia, sin eclipsar las tradiciones sino coexistiendo con ellas.
Denota una amplia cultura, es evidente que esta actividad lo ha relacionado pero más allá de la actividad, tiene que haber una base o lee mucho.
Me interesa profundamente leer, aunque reconozco que me gustaría hacerlo más. Mi vocación gastronómica no nació de una trayectoria académica convencional. Trabajé en comercio internacional durante ocho años, desde los 17 hasta los 24. A los 19 comencé a estudiar cocina, pero decidí retirarme cuando entendí claramente cuál era mi camino. Fue entonces cuando, con el apoyo incondicional de mis padres —quienes apostaron por mi sueño con sus recursos, tiempo y fe— abrimos juntos un pequeño restaurante en Medellín. Esa semilla familiar fue el germen de lo que hoy es una propuesta culinaria consolidada y reconocida.
¿Qué significa para usted recibir en la Universidad de la Sorbona, el Premio Personalidad del Año, teniendo en consideración que ese prestigioso Centro de estudios superiores, es reconocida cuna de ideas y culturas?
Recibir el Premio Personalidad del Año en la Sorbona, institución emblemática del pensamiento y la cultura europea, constituye uno de los hitos más significativos de mi trayectoria. Representa no solo un honor personal, sino una consagración colectiva: me paro allí en nombre de Colombia y de todos los cocineros que, desde sus fogones, construyen sueños. Que el mérito haya nacido en una cocina —espacio tradicionalmente relegado al oficio cotidiano— y haya sido reconocido en una cuna de intelecto, es una señal para los jóvenes cocineros del mundo: no existen techos cuando el talento se cultiva con pasión y entrega. Cada noche de sacrificio, cada jornada entre aromas y silencios, cobra sentido en momentos como este.
Lo ha definido pero en sus palabras más directas, ¿a qué atribuyes el éxito que ha tenido como persona y como empresario de la gastronomía en el mundo?
El éxito no se construye sobre un solo pilar. Es el resultado de lo que denomino “el efecto compuesto”: la resiliencia ante la adversidad, el trabajo colaborativo en familia, una visión clara y persistente, la pasión como motor cotidiano y el compromiso humano del equipo que me acompaña. Rodearme de personas con valores profundos y madurez emocional ha sido determinante. Cada integrante aporta no solo técnica, sino alma. Lo que hacemos no es simplemente servir alimentos: es encarnar un propósito común.
¿Podría comentar acerca de un impacto que ha tenido su cocina en el desarrollo de la sociedad?
Un mes después de fundar El Cielo, lanzamos un proyecto que une gastronomía, reconciliación y paz. Sin buscar benefactores, decidimos destinar parte de las utilidades de la empresa para sostener este compromiso año tras año. Hemos capacitado más de 2,500 personas —soldados heridos en combate, policías, víctimas del conflicto, indígenas, desplazados, ex guerrilleros y ex paramilitares— en cursos de cocina que incluyen espacios de perdón y reconstrucción humana. Más que una fundación, es una convicción familiar: la cocina puede sanar, unir y transformar vidas. La mayoría de estas actividades se desarrollan en Medellín y Bogotá. En EE.UU. aún no hemos iniciado iniciativas similares, pero el deseo de replicarlo persiste.
Si dejara un legado y lo describiría con una frase, ¿cuál sería?
«Consagré mi vida al bien común, cultivé amor en mi hogar y transformé la cocina colombiana en un lenguaje universal.»
*Secretario General
Organización de Periodistas Iberoamericanos

























