El efectismo sin fundamento de Roca Rey causa sensación en Illescas (Toledo)
 13 marzo, 2022
Illescas (Toledo), 13 mar (EFE).-EL diestro Roca Rey salió este sábado triunfador de la corrida del «Milagro» de Illescas (Toledo) tras cortar un total de tres orejas, excesivo balance a tenor de una actuación de más efectismos que toreo, y en la que contó sobremanera el favor del público, muy entregado con él toda la tarde.
Y es que había ganas de toros y eso se demostró primero en el gran ambiente que se vivía en el municipio horas antes del festejo, con el cartel de «no hay billetes» puesto en la taquilla desde por la mañana y la reventa haciendo su agosto para ver a Morante, Roca Rey y Pablo Aguado, que reaparecía después de la grave lesión de rodilla sufrida en Sevilla hace seis meses.
Tronadora fue la ovación para los tres después del paseíllo, y también debió serla para el empresario, que una vez más puso a Illescas en el epicentro mundial del toreo por su Feria del Milagro.
Los aplausos prosiguieron con las cuatro cadenciosas verónicas con las que Morante saludó a su primero, un toro tan noble como escaso de raza, con el que el sevillano dejó varias pinturas marca de la casa como los ayudados por alto de inicio de faena, las trincheras y los de la firma para sacárselo a los medios y alguna cosita a cámara lenta por el derecho.
Faena de exquisiteces sueltas pero sin armazón, fundamentalmente por lo poco que aportó el de José Vázquez, al que mató de cualquier manera. Ovación con saludos.
Y nada pudo hacer con el muy deslucido cuarto, un animal muy «atrancado», sin entrega ni clase, y saliendo siempre muy desentendido, el típico toro con el que Morante en otros tiempos hubiera tirado por la calle del medio, pero esta vez trató de hacer el esfuerzo, aún a sabiendas de que iba a ser imposible.
Roca Rey puso la plaza en ebullición con dos ajustadísimos cambiados por la espalda en la apertura de faena a su primero, otro toro muy justo de todo, y al que pasó después de aquí para allá por los dos pitones a lo largo de una labor en la que tuvo que recurrir a sus consabidos alardes para que no perdiera intensidad.

























