Bychkov y los cantantes del “Parsifal” de Guth enfebrecen al Real

3 de abril de 2016
Bychkov y los cantantes del “Parsifal” de Guth enfebrecen al Real

Concha Barrigós.

Madrid, 3 abr (EFE).- El montaje de “Parsifal” de Claus Guth que ha estrenado esta noche el Real, con Semyon Bychkov dirigiendo a unos cantantes en estado de gracia, ha logrado un éxito tal que los intérpretes han tenido que salir a saludar al finalizar el segundo acto, cuando aún quedaba una hora y media para el final.

Al llegar al último compás de las cinco horas y diez minutos de representación, el teatro se ha deshecho en “bravos” para la dirección musical y los cantantes, aunque se ha oído algún abucheo para la dirección escénica de Guth.

El alemán, uno de los mayores conocedores de la dramaturgia de Wagner, firma un montaje sobrio, dinámico y complejo, tanto como la contradicción de un mundo herido por la guerra en busca de un nuevo “héroe liberador”.

Los cantantes, especialmente Anja Kampe, en el papel de Kundry, y Franz-Josef Selig, en el de Gurnemanz, han sido ovacionados por su solvente actuación, y Bychkov ha recibido un aplauso enfervorecido, que ya presagiaba el que le habían dedicado al aparecer en el foso para comenzar el tercer acto.

Para Bychkov esta obra es sublime en su música y necesita decodificación en su mensaje, desarrollado en “un tiempo continuo”, en un estado constante de expansión, y sus cambios constantes de tonalidad son “como una pérdida de gravedad”, como si todo lo que sucede “flotara en el espacio”.

Guth, que sorprende y mantiene la intriga hasta el final, ha querido situar la que es la obra final de Wagner, que moriría un año después, en una decadente mansión que es también un sanatorio para soldados en el periodo entreguerras.

Entre ellos está el rey, que intenta sanar la herida de su costado, mientras sus “caballeros”, uno de ellos ciego, parecen todos afectados por enfermedades mentales derivadas de su sufrimiento durante la guerra.

La herida de Amfortas (Detief Roth) no cura nunca y su padre, Titurel (Ante Jerkunica) implora una ceremonia con el santo grial que le renueve, una copa que ilumina y hace temblar a todos de emoción.

Es un mundo aún atónito por las consecuencias de la guerra, desolado y sin esperanza en el futuro que ansía un héroe, un líder sin mancillar por el pecado.

Todo ello transcurre en una plataforma giratoria, con dos niveles, que proporciona continuidad a una acción críptica en la que la relación con elementos como la lanza que mató a Jesucristo, el santo grial o la última cena son insertadas en coordenadas que parecen surgidas de un viaje astral: “aquí el tiempo se convierte en espacio”, como bien dice Amfortas.

Guth, un experto en la dramaturgia de Wagner, aporta innovaciones como convertir a las “flores” que intentan en el segundo acto seducir a Parsifal en “flappers”, las alegres chicas de los cabarets de los años 30, sin que nada chirríe con lo que es una exploración en el sentido y el significado de los ritos y las ceremonias más que una obra religiosa o cristiana.

Parsifal (Christian Elsner) es, según la visión de Guth, un joven inocente -una camisa de lino sobre una camiseta es el “distintivo” de su juventud- que a lo largo de la acción sortea toda clase de manipulaciones y acaba abandonando “la necedad” y abundando “en la castidad”.

El fascismo, la filosofía de “La montaña mágica”, de Thomas Mann, el budismo y el milenarismo se dan la mano en una glorificación de la pureza de los hombres que sirven a elevados ideales.

El personaje de Kundry, el único femenino de peso, es muy contradictorio porque llega a ser un conglomerado de todas las mujeres, de madre a bruja, de amante a niña, de perseguidora a perseguida, y una expresividad salvaje.

Gutg cierra el círculo de desolación provocado por la guerra en el tercer acto cuando Parsifal, con la lanza en la mano, está rodeado de un coro de oficiales nazis, y él mismo lo es, en un final mucho peor que el principio, según él mismo explicaba.

Ha querido incluir un prólogo y un epílogo escénicos. Mientras que en el primero revela, en una suerte de santa cena, que Titurel opta por Amfortas como sucesor y que Klingsor (Evgeny Nikitin) se marcha enfadado.

En el epílogo, con los acordes finales, Klingsor, que sigue vivo aunque Wagner lo había “fulminado” y hecho desaparecer en el segundo acto, se reconcilia con Amfortas.

El montaje es una coproducción de la Ópera de Zúrich y del Liceu, donde se estrenó en 2011. El Liceu fue el primer teatro que pudo programar “Parsifal” cuando acabaron los derechos que había adquirido Bayreuth para ofrecer la obra en exclusividad, lo que hizo en diciembre de 1913.